Cuento: El principito y las piñas

25 11 2011

Autora: Rose Marie Menacho Odio

Luego de su emocionante viaje al planeta Tierra, el principito regresó a su asteroide, ansioso de ver a su rosa y de revelarle lo aprendido.

A pesar de no tener un biombo que la protegiera de las corrientes de aire, la rosa lucía hermosa cuando el principito aterrizó y ambos vivieron felices un tiempo. El cordero que el principito llevó a su hogar, resultó muy dócil y aprendió sin problema a alimentarse de la hierba y a dejar tranquila a la rosa. La vida se prometía sencilla pero hermosa.

Un día, el principito escuchó un sonido extraño, era algo así como un trueno y sorprendido encontró que tenía una visita, nada menos que el hombre de negocios. A diferencia del principito, este había utilizado para viajar un extraño cacharro de metal.

-¡Buenos días principito!-le saludó amablemente el hombre de negocios.

El principito se apresuró a acercarle una silla y un vaso de agua.

El hombre de negocios aceptó las muestras de hospitalidad en silencio inspeccionando con mirada crítica los alrededores. Finalmente habló;

-Te preguntarás qué hago aquí. Has de saber que luego de tu visita me percaté que el poseer estrellas no es un negocio rentable. En estos días ya nadie quiere comprar estrellas. Así que viajo en busca de nuevas oportunidades. –Hizo una pausa, tomó aire y continuó;

-Tienes un lindo planeta, ¿Sabes? Es una pena, sin embargo, que no le des un buen uso. Así que te propongo un negocio, ¿Has escuchado hablar de las piñas?

El principito  reconoció que no sabía nada sobre piñas.

-Pues bien, las piñas son pequeñas plantas cuyo fruto es dulce y delicioso. Hay personas, en otros planetas, que adoran las piñas y que pueden pagar muy bien por ellas.  Si quieres,  podría sembrar algunas para que las conozcas.

El principito se preocupó un poco.

-¿Las piñas pueden crecer como los baobabs?

-En absoluto – respondió el hombre –  son pequeñas, sus hojas pueden punzar un poco, pero son inofensivas.

-¿Podrían hacer daño a mi rosa? –Insistió el chico.

-No-  contestó impaciente el empresario- Si quieres, podemos hacer una cerca alrededor de tu rosa. Convertiremos el sitio donde ella se encuentra en un parque nacional. ¿Qué opinas?

-¿Qué es un parque nacional?

-Es un sitio protegido por ley y tu rosa estará allí siempre segura.

-Me parece muy bien- contestó el principito, orgulloso por contar con un área protegida en su planeta y feliz de asegurar un feliz futuro a su rosa.

Así pues, el hombre de negocios, sembró unas cuantas piñas, que crecieron sin problema, gracias al rico suelo volcánico del asteroide.

Una vez que las hubo cosechado, el hombre de negocios le regaló una al principito y vendió las demás a personas de otros planetas. Recibió bastante dinero por la venta y satisfecho decidió sembrar más piñas y darle un regalo al principito.

-¿Qué podrá ser? -Dijo el principito curioso al tiempo que abría la caja envuelta en papel marrón.

Dentro de la caja encontró un objeto cuadrado, un poco feo. El hombre lo encendió y al instante el principito quedó envuelto en música estridente y en la pantalla de la caja presenció la lucha desigual entre una serpiente y un zorro.

-Es una televisión- dijo el hombre de negocios sonriendo – pensé que quizás te sientas un poco solo en tu planeta. Con la televisión ya no estarás solo.

La rosa, detrás de su cerca, alzó la voz – Él no está solo, pues aquí estoy yo.

Pero nadie la escuchó.

Desde ese día, el principito sufrió algunos cambios: pasaba mucho tiempo sentado,  olvidó la suavidad de las puestas de sol, a la rosa y al cordero. Veía absorto las diferentes imágenes que le ofrecía el aparato y empezó a engordar un poco.

En el otro extremo del planeta, el hombre de negocios continuaba sembrando piñas. Después de un tiempo, la tierra del planeta perdió su fertilidad y por ello, el hombre de negocios llevó un contenedor con agroquímicos  que olían muy mal. Con un aspersor, roció las piñas con el líquido.

Detrás de la cerca, la rosa olvidada, comenzó a marchitarse un poco, sin embargo, la situación empeoró cuando los químicos se alzaron con las leves brisas del asteroide.

-Me muero – gritó la rosa ahogándose al principito. Este apartó la cabeza unos instantes del televisor. -¿Alguien dijo algo?

El hombre de negocios inmediatamente le entregó un plato con trozos dulces de piña.

-No es nada-exclamó en tono tranquilizador el hombre – Todo está bien.

Pero en ese momento, algo inesperado ocurrió. El cordero, algo hambriento pues ya no había suficiente hierba en el planeta,  mordisqueó los cables de la televisión y la pantalla se apagó.

El principito un poco disgustado se levantó de su silla y comenzó a pasearse por su planeta. El disgusto se convirtió muy pronto en angustia y enojo. -¡Mi planeta está cubierto de piñas!  Luego se asomó detrás de la cerca y observó a la rosa reseca y los ojos se le llenaron de lágrimas.

¿Qué has hecho? – le gritó al hombre de negocios.

-¡Nada malo!  – Contestó aquel – Convertí tierra inútil en ganancias. Las piñas han resultado un excelente negocio y tú has disfrutado de la televisión, ¿No es así?

Con el rostro pálido por la furia, el principito gritó – ¡Fuera!  Has destruido el suelo, la hierba y casi matas a mi rosa.  ¡No quiero verte nunca más!

El hombre de negocios tomó una maleta llena de billetes, la televisión y refunfuñó – Mal agradecido. Quieres un planeta cubierto de hierba y a una rosa – no sabes valorar el dinero, pero creo que he tomado ya suficiente y además, el suelo ya perdió su fertilidad, así que de todos modos la siembra de piña ya no es rentable aquí. Iré en busca de otros planetas.- Y se marchó.

El principito se dirigió a la rosa – ¿Estás bien?

-No en realidad.  Es posible que nunca vuelvas a ver mis verdaderos colores, pues los químicos han destruido parte de mis raíces,  pero creo que tengo aún algunas semillas y si tienes paciencia, me verás renacer.

El principito arrancó todas las piñas, destruyó la cerca y con paciencia, sembró semillas de hierba para el cordero, prometiéndose nunca más dejarse aturdir por nada, ni nadie, que lo apartara de su querida rosa.

-Después de todo – meditó el principito – si uno se descuida, las piñas pueden ser tan peligrosas como los baobabs.


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